sábado, 17 de noviembre de 2012

ICTUS


También conocido como AVC, un ictus es un trastorno o accidente vascular cerebral, que afecta a la circulación de los vasos sanguíneos que suministran sangre al cerebro. Cuando ocurre se produce una interrupción momentánea o definitiva del flujo sanguíneo a alguna parte del cerebro. Como consecuencia, se produce una falta de oxígeno (hipoxia) que acabará con la muerte del tejido y de las células, alterando la función o funciones de la parte del cerebro afectada.
Se estima que 1 de cada 6 personas sufrirán un ictus a lo largo de su vida. De hecho, esta enfermedad se ha convertido en la tercera causa de muerte en el mundo occidental y la OMS prevé un incremento del 27% en su incidencia durante los próximos 15 años.

¿CÓMO SE PRODUCE?
Se trata de una interrupción brusca del flujo sanguíneo a una parte del cerebro. Su forma de aparición es súbita e inesperada. Sin embargo, aunque a primera vista puede parecer que es imprevisible e inevitable, en realidad, en la mayoría de los casos no es así. Es decir, en líneas generales podemos decir que el ictus es el resultado final de la acumulación de una serie de factores, entre los que se encuentran unos hábitos de vida y unas características personales poco saludables. El cúmulo de circunstancias personales, ambientales y sociales que aumentan las posibilidades de sufrir un ictus, recibe el nombre de "factores de riesgo".
Es cierto que muchos de los factores de riesgo no se pueden controlar y no dependen de nosotros; como la edad, los antecedentes de ictus, la raza o el sexo.

En el caso de la edad, el riesgo de sufrir un ictus crece de forma importante a partir de los 60 años, algunos estudios aseguran que a partir de los 55 años, cada 10 años el riesgo se multiplica por dos. Sin embargo, las tornas están cambiando y de un tiempo a esta parte, son cada vez más frecuentes los casos de gente joven. De hecho, un artículo publicado hace unas semanas en la revista "Neurology", corrobora que el aumento de los infartos cerebrales en personas de entre 20 y 54 años ha pasado de suponer el 12,9% de los casos en 1993 a ser el 18,6% en 2005. Hoy en día, se estima que el 10% de los casos de ictus se dan en personas menores de 55 años. Este cambio de tendencia se ve claramente influido por factores como la hipertensión, el tabaquismo y la obesidad, derivados de unos hábitos y un estilo de vida poco saludable.

Respecto a la incidencia en función del sexo, el ictus se produce más o menos con la misma frecuencia en hombres y mujeres, y aunque algunos estudios señalan que se da ligeramente más entre los hombres, la mortalidad es mayor entre las mujeres. Los antecedentes de ictus, es decir, haber sufrido un ictus con anterioridad o haber tenido antecedentes en la familia también predisponen con mayor fuerza a padecer un ictus.

Sin embargo, la mayor parte de los factores de riesgo son modificables, es decir, los podemos cambiar o corregir y con ello reducir significativamente el riesgo de sufrir un ictus. Algunos de los hábitos que se deben evitar son; la hipertensión, el tabaco, el alcohol, la obesidad y el sedentarismo.

El factor de riesgo más importante es la hipertensión arterial. El riesgo de sufrir un ictus aumenta considerablemente si la presión arterial es elevada. Muchos otros factores de riesgo dependen directamente de éste y por ello es esencial que sobre todo a partir de una cierta edad, se lleve un control cuidadoso de la presión arterial.

Aterosclerosis
La obesidad y los niveles elevados de grasas en sangre, sobre todo de colesterol y triglicéridos favorecen la aparición de aterosclerosis (acumulación de placas de grasa en las paredes de los vasos sanguíneos) y por consiguiente la posible aparición de coágulos que pueden interrumpir el paso de sangre y provocar el ictus.

El consumo de tabaco es la causa prevenible más importante de muerte prematura. Su asociación con la arteriosclerosis y por ende con el ictus es clara. La arteriosclerosis se refiere al endurecimiento de las paredes de las arterias, que por lo general acaba causando un estrechamiento de las arterias, que puede progresar hasta la oclusión del vaso, impidiendo el flujo de la sangre y provocando el ictus.

Por último, padecer otras enfermedades de tipo cardíaco u otras enfermedades asociadas como el caso de la diabetes mellitus también puede aumentar considerablemente el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular.

DIFERENTES TIPOS
Según la causa que lo provoca, existen dos variantes o dos tipos: isquémico y hemorrágico.
  • ISQUÉMICO
Es el más frecuente. Se produce por la obstrucción del flujo sanguíneo a consecuencia de la oclusión o taponamiento de alguna de las arterias que irrigan la masa encefálica. Este suceso impide que la sangre alcance una zona del cerebro privando a las células y al tejido cerebral del oxígeno necesario.

La oclusión puede producirse por la presencia de un coágulo sanguíneo; un trombo o un émbolo. El trombo es un coágulo que aparece en el mismo sitio en el que se forma, es decir, no se desplaza. Su formación se ve favorecida, entre otras cosas, por la presencia de aterosclerosis.
Por su parte, un émbolo es un coágulo que se libera dentro de los vasos sanguíneos y al desprenderse, viaja por la sangre hasta un lugar del organismo distinto del sitio donde se formó. En el caso del ictus, cuando el émbolo viaja por el torrente sanguíneo hacia el cerebro, llega un momento en el que queda encallado al encontrarse con un vaso más pequeño y de menor calibre que el émbolo impidiendo el paso de la sangre (embolia cerebral).

La obstrucción del vaso sanguíneo también se produce por una estenosis vascular, es decir un estrechamiento del vaso sanguíneo provocado por la formación de una placa de ateroma (acumulación de colesterol y otras sustancias lipídicas en las paredes de los vasos), dificultando o impidiendo el paso de la sangre. Este proceso recibe el nombre de ateroesclerosis.
  • HEMORRÁGICO
Es un tipo de ictus menos frecuente que el anterior, pero las consecuencias suelen ser más graves. En este caso, el ictus se produce por la rotura de un vaso sanguíneo que irriga al cerebro provocando una hemorragia. En este caso, el ictus se produce por dos mecanismos; por una parte, la salida de sangre fuera del vaso, priva de riego al área cerebral dependiente de esa arteria y desencadena la lesión. Por otra parte, la sangre extravasada ejerce compresión sobre las estructuras cerebrales adyacentes, incluidos otros vasos sanguíneos próximos, lo que aumenta el área afectada.

Las causas más frecuentes de ictus hemorrágico son la hipertensión arterial y los aneurismas cerebrales, aunque también puede ocurrir a raíz de un accidente o por malformaciones y debilidad de las paredes de los vasos. 

SÍNTOMAS
Es muy importante saber reconocer de forma temprana los signos de un posible ictus. Los síntomas pueden variar considerablemente en función de cuál sea la región del cerebro que quede exenta de riego y en función de cuál sea la causa que lo esté provocando. No obstante, casi todos cursan con al menos alguno de estos síntomas, de aparición repentina:
  • Disminución de la sensibilidad (hipoestesia) en cara, brazo o pierna de un lado del cuerpo.
  • Debilidad muscular (hemiparesia) o parálisis (hemiplejia) de un lado del cuerpo.
  • Dificultad para expresar y/o comprender el lenguaje (afasia).
  • Trastornos repentinos de la visión.
  • Pérdida repentina del equilibrio.
  • Dolor de cabeza de aparición súbita, diferente al habitual. Más habitual en los ictus hemorrágicos.
3 SENCILLOS PASOS PARA DETECTAR UN ICTUS A TIEMPO
Detectar de forma rápida un posible ictus es vital. Reconocer un ictus a tiempo y avisar lo antes posible al servicio de urgencias, puede salvar la vida del paciente, y reducir las secuelas y la gravedad considerablemente.

Sólo tienes que seguir estos 3 sencillos pasos:
  1. Pide a la persona que pronuncie una frase sencilla: por ejemplo "el cielo es azul". Si la persona no es capaz de hablar con normalidad, no se le entiende al hablar o le cuesta pronunciar las palabras, es un signo de alarma.
  2. Pide a la persona que sonría: valorar si la sonrisa es simétrica, es decir, si las dos comisuras de la boca se elevan por igual. Si una de las comisuras está caída, o la mitad de la cara no sonríe  es un signo de alarma. Es un signo muy frecuente en los ictus, sobre todo en etapas iniciales.
  3. Pide a la persona que levante los brazos: los dos brazos deben quedar al mismo nivel. Si uno de los brazos no se eleva o se eleva menos que el otro, es un signo de alarma. 
Si la persona no puede realizar cualquiera de estas tres acciones (sonreír, hablar con normalidad y levantar los dos brazos), avisar inmediatamente al 112.

SECUELAS TRAS UN ICTUS
Dependiendo de la gravedad, de la zona afectada, de la causa que lo provoca y de las características individuales de la persona que lo sufre, las secuelas serán diferentes.

Si nos centramos en la localización de la lesión, veremos que las secuelas que quedan en el paciente aparecen en el lado del cuerpo contrario al lado del cerebro que ha sufrido la lesión. ¿Por qué? Las vías nerviosas que descienden de los hemisferios de nuestro cerebro se cruzan a nivel del tronco encefálico y cambian de lado. Este punto se conoce como "decusación de las pirámides". De este modo, si el ictus ha ocurrido en el hemisferio izquierdo, las secuelas relacionadas sobre todo con las funciones motoras y sensitivas aparecerán en el lado derecho del cuerpo (cara, brazo, pierna...) y viceversa.
Así mismo, cada zona del cerebro se encarga de dirigir y comandar una actividad concreta, de modo que dependiendo del área lesionada, observaremos secuelas en unas funciones o en otras. Ya sea en el movimiento, el tono muscular, el lenguaje, el equilibrio, la coordinación o la deglución por ejemplo.

Por poner un ejemplo, si la lesión se produce en el hemisferio izquierdo, las secuelas que pueden aparecer son; parálisis total (hemiplejia) o parálisis parcial donde se conserva algo de movimiento (hemiparesia), en la parte derecha del cuerpo. El hemisferio izquierdo es el encargado del lenguaje, por lo que también pueden aparecer secuelas como dificultad para comprender y expresar el lenguaje (afasia) o trastornos del habla como dificultad para articular las palabras (disartria).

REHABILITACIÓN
Tras sufrir un ictus, el periodo de recuperación se inicia de forma precoz, casi inmediata, tan pronto como la situación médica del paciente lo permita.
No debe entenderse la rehabilitación como un proceso aislado de recuperación física que se desarrolla en un gimnasio rodeado de fisioterapeutas. Es importante destacar que la rehabilitación incluye un amplio abanico de profesionales sanitarios, desde neurólogos, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, logopedas, psicólogos..., que engloban en su conjunto lo que llamamos equipo multidisciplinar.

El programa de rehabilitación y su duración será diferente en cada caso y dependerá de la gravedad, de las secuelas que hayan quedado y de los objetivos que se esperan conseguir al final del proceso.
Aunque sobra decir que la evolución es totalmente diferente en cada persona, en líneas generales podemos decir que los 3 primeros meses son fundamentales ya que es cuando conseguiremos los mayores avances en la recuperación, sobre todo en lo que a movilidad se refiere. Durante los tres meses siguientes se deben consolidar esos avances y seguir progresando en otros como el lenguaje, la coordinación o la marcha, cuya progresión requiere más tiempo.

Es cierto que pasados los primeros 6 meses, los avances que se consiguen después en la recuperación ya no son tan "espectaculares" como al principio, pero no es cierto que ya no se obtengan resultados, por ello es importante que el paciente no se desanime y siga trabajando pasado ese tiempo. Es esencial que una vez la persona regrese a casa, siga practicando todo lo aprendido y potenciando su capacidad motora en la medida de sus posibilidades, para conseguir el máximo nivel de autonomía posible.

Por último, hablar sobre el papel sumamente importante que juega la familia y allegados en estos casos. El ictus no sólo afecta a la persona que lo sufre, tanto el paciente como su familia y la gente que le rodea experimentarán un cambio radical en sus vidas y en las actividades del día a día. Es vital llevar a cabo un reparto proporcional de las tareas y responsabilidades implicadas en el cuidado de estas personas entre familiares, amigos o allegados, siempre que ello sea factible. Esta estrategia contribuirá de forma importante a prevenir el desánimo, la fatiga y la desesperanza, que inevitablemente, se transmitirán al paciente.
Es fundamental evitar la sobreprotección del enfermo. Debemos estimular que realice el máximo de actividades por sí mismo y no abalanzarnos para ayudar ante el primer signo de dificultad. Esto además de ser beneficioso para su recuperación física, ayudará a que la persona se sienta más autónoma y crecerá su autoestima. En esta misma línea, es importante que se estimule el espíritu de superación del paciente con gestos de cariño y felicitaciones cada vez que consiga superar un nuevo reto.

En cualquier caso, es esencial para el bien de todos, seguir las instrucciones e indicaciones que el equipo de sanitarios que se encargan de su recuperación le vayan proporcionando y que estarán adaptadas a las necesidades concretas de cada caso.


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